analógico

- Verano -


No podemos ordenar a ciertos momentos que simplemente ocurran. Hay cosas que no podemos simular. 


La vida real tiene instantes. Tiene alma. Arbitrariedades y pequeños detalles que a veces nos pasan desapercibidos y son difíciles de explicar con palabras. Intento captar con mi cámara algunos de esos momentos, hacerlos míos y guardarlos en la caja de recuerdos que es mi memoria. Éste último mes, he recuperado la sensación de tirar fotos en analógico, y es un gustazo para mi salir con la cámara sin tener que pensar en objetivos, tarjetas de memoria y demás artilugios. Es como si hubiera recuperado una parte de la esencia que un día me llevó a hacer fotos y a disfrutar con ello. Así que me voy de vacaciones y me llevo sólo mi pequeña cámara Konica, un modelo de los años 60, imperfecta, usada y llena de recuerdos que hace que mire a través de su cristal una vida mucho más pausada, una calma encontrada, al fin al cabo, un verano. 



- Amistad Analógica -


Nos conocimos hace años, en un pequeño restaurante de la Costa Brava, por fiesta mayor. 

Nuestra primera impresión fue desastrosa, ella pensó que mis labios pintados de esa noche

 delataban a una chica de Barcelona ciudad sin nada en la cabeza.


Y yo que era una antipática que me miraba por encima del hombro. Nuestras antiguas parejas eran uña y carne, así que ese verano no nos quedó más remedio que coincidir a menudo. Una mañana me la encontré en la playa, se iba corriendo, y lo único que me dijo es: "Jo no sóc així". El otoño que se aproximaba nos hizo coger confianza, y vimos que disfrutábamos con las mismas cosas. Los croissants con jamón dulce, correr por los campos de arroz del Empordà y hacer fotos como locas nos hizo inseparables. Fue ella la que me enseñó a tejer, y alquilamos durante unos pocos meses un antiguo taller que hizo las delicias de nuestras largas tardes de invierno. Ya hace años de esa primera noche, y hemos compartido cosas que nunca hubiéramos imaginado. Hemos reído hasta dolernos la barriga, descubierto piscinas y clubs de deporte abandonados en medio de un bosque, hemos compartido una casa y comido helados en silencio en la plaza del pueblo, porque lo que teníamos que decirnos cambiaba demasiado el rumbo de nuestras vidas. Hace unos días, revelé un antiguo carrete, y aparecieron éstas fotos. Me las hizo ella, Maria, un día de verano. Y he pensado que nuestra amistad es como un sobre de fotografías analógicas, dónde escojas la que escojas, siempre sonreirás al recordar lo vivido. Ahora vivo lejos de ella, pero en unos días viene a verme. 

Viene a reír, a recordar y a hacer más fotografías para añadir a nuestro sobre analógico, para que al escoger una la extrañe, y sonría.