- Cabo de Gata, Diario 2 -

Aquí sigo. En el paraíso. Me he despertado antes que saliera el sol, con el zumbido de un mosquito que ayer se coló en mi habitación.

 

 He hecho una amiga, que se ha convertido en mi confidente, sobretodo porque no puede entender todo lo que le explico, sino dejaría de esperarme cada mañana para ir a pasear. Se llama Azu y es una perrita que me acompaña en mis paseos por este paraje lleno de cactus, flores silvestres y casas de pescadores de madera. De pequeña me mordió un perro y reconozco que siempre los he mirado de lejos, pero con ella siento que nos necesitamos la una a la otra. Ella también está sola estos días, su dueño se ha ido a Marruecos y seguro que le echa de menos. Me pongo un jersey y salimos camino de la montaña. Y así, hablándole y explicándole que hago aquí, porqué me he quedado unos días en este lugar, nos echamos una carrera hasta lo más alto para ver salir el sol. Yo exhausta, me siento a esperar en un roca a que el sol nos caliente para tomar el camino de vuelta a casa, ella busca cobijo entre mis piernas y así nos quedamos un rato. Mientras pienso que cuando me vaya, en unos días, la voy a echar de menos, sale el sol e ilumina lentamente todo el valle. Bajamos, perseguidas por la luz y la fresca brisa de la mañana. Cuando entro por la puerta de la casa que me acoge no puedo evitar sentirme sobrecogida por un sentimiento de fragilidad. Y pienso agradecida en la emoción que uno siente cuando es el dueño de sus pasos. Porqué sentir que podemos escoger nuestro camino nos hace fuertes e invencibles ante cualquier montaña.