- Cabo de Gata, Diario 1 -

Yo no decidí venir aquí. Unos fuertes brazos me arrancaron como pudieron de mi estado de letargo.  Me desperté tumbada en la parte de atrás de un coche, cuando ya habían pasado un par de horas de viaje. 

Decidí que iba a dejarme llevar, que ya no tenía nada que perder. Y aquí sigo todavía, cuidando de un corral de gallinas y de un perro que me hace compañía mientras veo como se pone el sol a través de los olivos. Hacía tiempo que no me quedaba sola a explorar una tierra desconocida. Estoy recordando que me gusta la soledad, me gusta escuchar lo que mi cuerpo tiene que decirme, la calma de los paseos al atardecer y conducir por carreteras sin asfaltar y sin un rumbo concreto. Me estoy dejando llevar, a ver dónde llego. Un par de semanas sintiendo el sol sobre mis mejillas, la sal de este mar que tanto añoraba. Si, es Febrero, pero hoy me he desnudado y me he metido en el agua a limpiarme por dentro. Un mensaje a primera hora de la mañana con una tentadora propuesta me he llevado a andar, ésta vez acompañada, por una montaña que escondía un secreto al final del camino. Escondía un mundo de esos que alguien te cuenta alguna vez, un mundo de utopía hecha realidad, de gente que cree en un mundo distinto y que ha decidido instalarse en el paraíso. Hace un rato que he vuelto a la casita que me acoge estos días, y me siento radiante, como hacía tiempo que no me sentía. Recuperar esos fragmentos que hemos ido dejando por el camino, reconstruirnos y pensar sólo en el presente es algo que deberíamos hacer con frecuencia. Así que dejarme llevar ha sido un regalo. Uno de esos que no te esperas pero que recuerdas toda la vida.