- cuando era una niña -



Cuando era una niña lloraba siempre antes de entrar en la escuela. Yo no lo recuerdo, pero mi madre me lo explica para hacerme sonreír cuando, todavía hoy, tengo uno de esos días malos. 


Lloraba, y la abuela de otra niña que iba conmigo a clase le pidió a su nieta que me cogiera de la mano, a ver si así sonreía. Mi madre y esa abuelita se hicieron amigas. Y yo y la nieta también, y esa amistad se fue contagiando entre las dos familias, y acabamos pasando muchos fines de semana juntos, compartiendo fiestas de navidad y algunos veranos. Recuerdo con especial nostalgia que tenían una casa en la montaña que compró su abuelo en los años sesenta. Llegar a ella costaba unas 4 o 5 horas desde Barcelona, y al salir del cole nuestros padres nos esperaban con los coches ya cargados para salir a pasar el fin de semana. Olía a madera, y sus muebles, sillas y paredes te hacían viajar en el tiempo. Lo mejor era que las camas eran como las de un refugio de montaña, y dormíamos todos juntos, en literas dónde cabían hasta 12 personas. Los niños siempre queríamos dormir arriba, y entre risas escondidas nos quedábamos dormidos hasta que el sol entraba por las ventanas. Siempre pensé que tenía algo especial además de su antigua estructura y la hipnótica chimenea al lado de la cocina. 
Este fin de semana he vuelto a la casa de las montañas, y he descubierto que ese algo especial es su luz. La que entra por sus ventanas, filtrándose entre los visillos y entre el humo de la chimenea. Haciendo que el polvo acumulado se levante y brille a contraluz. Y hubiera llorado como cuando era una niña, por los momentos que no vuelven pero que se recuerdan con nostalgia y una sonrisa en los labios.